21 de marzo de 2017

El enemigo no es el Big Data, sino el Imperialismo


¡Estoy muy contento! Al fin veo que los medios de comunicación y los líderes del chavismo venezolano están siendo críticos con las redes sociales y están denunciando la capacidad de espionaje y manipulación que ejercen sobre cada uno de nosotros, luego de siete u ocho años en los cuales las comunidades tecnológicas y de software libre nos hemos mostrado muy críticas en la forma como el gobierno ha manejado el tema (véase, por ejemplo, los artículos "Twitter y Blackberry son una moda, la atención a la gente no puede estar construida sobre una moda" publicado en mayo de 2010; "Redes sociales en Venezuela", publicado en mayo de 2013; o "La mejor red social la creó Hugo Chávez", publicado también en esa fecha).

Parece que ya están quedando en el pasado los tiempos en que, quienes pedíamos que cesara el excesivo uso de emblemas de Facebook, Apple o Microsoft en nuestros medios de comunicación públicos, éramos calificados de "retrotecnológicos", "revolachas" y otros adjetivos denigrantes incluso desde los medios del Estado.

Y es que a cualquier estudiante de informática que sepa cómo funciona un servidor web y todo el inmenso caudal de información personal que dejamos en páginas como Facebook, Google o Twitter cuando las usamos, no le cuesta mucho imaginar que una empresa se va a poner muy creativa con toda esa información. Total, esas empresas no nos cobran nada por sus servicios, y de algún lado tienen que obtener las inmensas ganancias que han colocado a sus fundadores en la lista de las personas más adineradas del mundo en menos de una década (hablamos de gente como Bill Gates, Steve Ballmer y Paul Allen de Microsoft; Sergey Brin y Larry Page de Google; Jeff Bezos de Amazon, o Mark Zuckerberg de Facebook, entre otros que están en la lista Forbes de los 50 más adinerados del mundo).

Fuente: LoyolaAndNews.es
Todas esas páginas de redes sociales nos presentan inmensos contratos legales que aceptamos sin siquiera leer, en los cuales les damos permiso de hacer con nuestros datos personales prácticamente lo que quieran.

Peor aún: todas esas empresas tienen como sede un país que se ha comportado como un Imperio invasor, preocupado únicamente por sus propios intereses económicos y políticos, que tiene toda una tradición de décadas de espionaje en contra de sus aliados y enemigos, y que ha causado no menos de un millón de muertes de forma directa o indirecta, en países como Irak, Libia o Siria en los últimos años.

Las leyes estadounidenses teóricamente protegen a sus propios ciudadanos de ser espiados, pero nosotros los NO estadounidenses NO estamos protegidos de ninguna forma.

¿Es descabellado pensar que empresas estadounidenses colaboran con agencias de inteligencia de su país en espiar a terceros? Pues, no es la primera vez que sucede.

Vean, por ejemplo, este artículo que escribimos en 2006, sobre cómo la empresa Xerox ayudó al gobierno estadounidense en 1962 a espiar la embajada soviética en Washington, colocando cámaras dentro de sus fotocopiadoras para obtener copias de todos los documentos. Técnica que luego fue utilizada por el gobierno estadounidense para espiar no solo a enemigos, sino a sus aliados. Esto fue dado a conocer en 1997 a través de la revista Popular Science, y años después a través de documentales en History Channel, en los cuales los ingenieros de Xerox, ya ancianos, contaban con orgullo sus hazañas.

Una cámara posicionada dentro de una fotocopiadora Xerox 914, colocada allí para hacer espionaje fotografiando cada documento fotocopiado. Un técnico que iba a hacer "mantenimiento" a la fotocopiadora se llevaba el rollo con las fotos, y colocaba uno nuevo todas las semanas.
Si ingenieros de Xerox se sentían orgullosos en los años sesenta de participar en el espionaje a favor de su país, ¿somos tan ingenuos como para pensar que Microsoft, Google, Apple y otras compañías estadounidenses que tienen su sistema operativo instalado en cada computador y celular de nuestro planeta, no se iban a prestar para lo mismo?

Pocos nos creían. Por fortuna llegaron Julian Assange y Edward Snowden, entre otros, para confirmar nuestras sospechas y presentar evidencias que así lo comprobaban.

Al menos, una fotocopiadora Xerox podía ser desarmada hasta dar con los mecanismos de espionaje dentro de ella. En cambio, el software propietario y de código cerrado de Microsoft, Apple, Google y similares no puede ser analizado ni revisado por nadie, al menos no fácilmente. Es por ello que hemos sido tan insistentes con el uso de software libre, cuyo código fuente sí podemos revisar y modificar.
 
No es alocado pensar que Facebook pueda vender, regalar o transferir todos los datos personales de una persona cualquiera, de un tal "Luigino Bracci Roa" a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) o a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), incluyendo datos de mi ubicación personal, mi lista de amigos y contactos, mis mensajes privados, el historial de a qué hora me conecto y desde qué lugares, a qué horas uso Facebook desde mi computadora o desde mi celular, qué redes Wifi he utilizado, a qué productos y comentarios le he dado "Me Gusta", a qué personas estalkeo y a cuales he bloqueado, qué productos he comprado recientemente... Facebook puede entregar todos esos datos sin que ello rompa con sus contratos o leyes estadounidenses, y los dará aún más rápido si hay algún tipo de convenio comercial entre ellos y el gobierno estadounidense.

De hecho, a lo mejor Luigino Bracci es un objetivo de poca importancia para la NSA, pero alguno de mis contactos sí es de gran importancia para ellos. Y la NSA puede espiarme a mí como forma de llegar a ese contacto, al cual yo puedo estar perjudicando sin intención alguna.  Uno puede estar delatando a su mejor amigo sin saberlo. Los "sapos" del siglo 21 ni siquiera tienen que saber que lo son.

"Big Data" es sólo una de las muchísimas tecnologías que podrían estar usando Facebook, Twitter, la CIA y la NSA para analizar todos estos datos y encontrar patrones, tales como a qué hora se despierta o se acuesta Luigino Bracci, qué lugares acostumbra visitar, quienes son sus amigos, familiares y conocidos, a qué grupos pertenece o si está involucrado en actividades que ellos puedan considerar "sospechosas".

Pero "Big Data" no es la única tecnología. Hay cientos de otras técnicas de análisis e indexamiento, algoritmos de búsqueda de patrones, algoritmos de inteligencia empresarial, data warehouse, y seguramente llegarán nuevos y mejores algoritmos en el futuro. Por ende, aunque me alegra mucho de que estemos hablando desde la Revolución sobre los peligros de las redes sociales, parece que algunos camaradas y medios revolucionarios han caído en el error de criminalizar al Big Data, o a cualquier otra forma de tecnología que esté usando el Imperialismo para atacarnos.

Usar el Big Data, las noticias falsas y las publicaciones que aparecen en el muro de Facebook para manipular a las personas y ganar elecciones, como al parecer lo hizo Donald Trump, sin duda que es algo fuera de toda ética. Pero en vez de criminalizar las tecnologías, a quien debemos denunciar es a las corporaciones, políticos y empresas que les están dando esos usos para nada justificables.

Criminalizar el Big Data es tan absurdo, como prohibir las motocicletas sólo porque algunos delincuentes las usan para cometer crímenes, sin tomar en cuenta a los millones que las usan legítimamente para trabajar y transportarse.

Todo lo contrario, muchos nos preguntamos qué podría pasar si, en medio de esta guerra económica que estamos viviendo en Venezuela, alguien decidiera usar Big Data (u otros algoritmos y metodologías) para analizar bases de datos en poder del Estado, tales como:
  • las bases de datos de Cadivi/Cencoex con toda la información de las empresas que están recibiendo divisas preferenciales
  • las bases de datos de las aduanas y los puertos del país, con la información de todos los productos que llegan a Venezuela
  • las bases de datos de Sunagro con todas las guías de transporte de alimentos
  • las bases de datos de Sundde con todos los locales, tiendas y distribuidores inspeccionados
  • las bases de datos del Seniat, con las declaraciones de impuestos de todas estas empresas
  • las bases de datos de denuncias de la población
  • Y cualquier otra base de datos en poder del Estado
Y si a todo esto le implementamos algoritmos de Big Data, o cualquier otro algoritmo de búsqueda de patrones o de inteligencia empresarial...
  • ¿Eso no nos permitiría determinar con una facilidad asombrosa qué empresas están desviando los productos adquiridos? ¿Y cuáles los están acaparando o sacando del país?
  • ¿No podríamos saber cuáles empresas están recibiendo dólares pero no los están usando para importar lo prometido?
  • ¿No podríamos determinar en cuáles puertos y aduanas está ocurriendo corrupción? 
  • ¿No podríamos detectar muy fácilmente cuáles funcionarios del Estado están incursos en corrupción, y poder ponerlos tras las rejas depurando nuestro proceso y ganándonos la confianza de la gente?
  • ¿No podríamos, al final, acabar con la guerra económica o, por lo menos, darle un duro golpe a quienes la protagonizan?
En definitiva, no debemos hacer que el "Big Pueblo mate a la Big Data", como decía una etiqueta promocionada recientemente en redes sociales. Lo que debemos hacer, es aprender cómo funcionan tanto Big Data como cualquier otro algoritmo o metodología para el análisis de datos, y usarlos en la resolución de nuestros problemas.

Tampoco estamos animando a la gente a abandonar a las redes sociales, sino a tener cuidado en cómo la utilizan, lo que chatean, a quién le escriben.

Los políticos y militares de un país objetivo del Imperio, como el nuestro, deberían buscar formas de restringirlas o prohibir su uso en aquellos ambientes donde se maneje información confidencial, o con aquellas personas cuya vida pueda ser objetivo potencial. No está nada bien que ministros y altos funcionarios usen grupos de Whatsapp para comunicarse, o que prácticamente todo el Estado use Gmail como correo para enviarse archivos y documentos. Y es posible construir alternativas: Es relativamente sencillo crear nuestros propios servicios de mensajería instantánea y correo electrónico, manejados por venezolanos.

Igualmente, los medios del Estado deberían cuidarse de hacer una promoción tan positiva y excesiva de estas empresas de redes sociales. Total, esas empresas no son nuestros amigos. Nosotros estamos en las redes sociales no porque sean chéveres, sino porque queremos llegar a la gente que está allí.

Nunca olvidaré cuando algún periodista me criticó una vez porque, en un programa de radio, dando la dirección de un lugar, mencioné un restaurant muy conocido como punto de referencia: me regañaron por el asunto, diciendo que eso no se debe hacer, porque es publicidad indirecta. Pero luego comenzaron a leer todas las redes sociales de la emisora, haciendo mención por enésima vez en el día a las empresas Twitter y Facebook. ¿Cómo llegamos al punto de considerarnos revolucionarios, creer que es correcto mencionar 50 veces al día a empresas que venden nuestros datos personales a la CIA, pero considerar un pecado mortal decir que tal lugar está frente al Restaurante El Pepino?

En televisión es peor: Si contásemos cuántas veces al día mostramos los logos de Twitter, Facebook e Instagram en televisoras del gobierno bolivariano y lo comparamos con la cantidad de veces que mostramos los logos de VIT, Vtelca, Los Andes, Industrias Diana o cualquier otra empresa mixta o comuna productiva, veremos una discrepancia enorme.

Imagen de un comercial de Tves que se pasa en estos momentos en casi todos los bloques, y hace excesiva publicidad a redes como Facebook, Instagram y Twitter.
No estoy diciendo que dejemos de promocionar nuestras cuentas en redes sociales, pero uno ve hasta en medios capitalistas estadounidenses que ellos promocionan sus cuentas de formas discretas, sin copiar los colores, logos ni simbologías de las empresas de redes sociales, y muchas veces sin ni siquiera mencionarlas. ¿Por qué nosotros tenemos que hacerle tanta promoción a esas empresas, como si fueran nuestros socios y aliados en la construcción del socialismo?

En conclusión: las redes sociales son un campo minado dentro de nuestra lucha comunicacional. Y las minas son colocadas por el mayor Imperio que ha existido en el planeta. Si vamos a decirle a nuestros militantes y compañeros que anden por ese campo minado, alertemos también de los peligros y demos los instrumentos necesarios para  no pisar las minas. Y, de ser posible, aprendamos cómo funcionan esas minas con el fin de desactivarlas y poder ganar esta batalla.
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