16 de junio de 2012

El gato perseverante

Constantemente, al pasar por el bulevar Panteón, sus transeúntes veían a tres hermosos gatos en los alrededores de un conocido restaurant de cachapas, tan famoso que ha sido reseñado en la prensa. Uno de los gatos, de color blanco, que siempre andaba con una campanita de cascabel, era el orgullo de su dueña, quien tiene en ese edificio un negocio de copiado. Era de raza y parecía un peluche, que todos querían acariciar. Jugaba con los que comían cachapas, andaba de un lado para otro, todos lo consentían.

Pero mi favorito no era ese, sino uno que los demás considerarían un gato "común". Era moteado, de  de color blanco y negro. Parece que se llamaba Silvestre. Todos los días se escondía entre las plantas y jardineras del bulevar, intentando cazar palomas. Era una causa perdida: a pesar de que el gato era muy sigiloso y de que trataba de ocultarse para esperar a las aves, las plantas del bulevar no le permitían esconderse bien. Los humanos tampoco lo ayudaban; caminaban de un lado a otro a toda velocidad, unos tratando de llegar a la licorería o a la guardería, otros yendo a sus trabajos o a la cancha de basket. Las palomas se preocupaban más de que los humanos no las pisasen, que del pobre gato.

Pero aún así, a mi novia y a mí nos encantaba ver sus intentos de cacería. Era una perseverancia admirable. A pesar de que nunca lo vimos cazar una paloma (ni me hubiera gustado verlo), el gato siempre regresaba a intentarlo de nuevo. Volvía a ocultarse entre los lirios maltratados, a caminar despacito dirigiéndose hacia las aves, hasta que éstas volaban, no por el gato sino porque algún humano las espantaba con su caminar.

Me encantaba eso: su constancia. No desistía, a pesar de que su causa se veía tan difícil de cumplir. Dicen en los foros de Internet que los gatos, cuando crecen y desarrollan su instinto de caza, intentan capturar aves y ratones para llevárselos a su amo, como señal de cariño y agradecimiento por los cuidados que reciben.

Hace dos semanas que mi novia y yo dejamos de ver a los mininos del bulevar. Al principio no nos preocupamos, pero finalmente, el jueves pasado unos carteles divulgaron lo ocurrido: alguien los había envenenado. No se sabe si por razones personales, por odio a los animales, porque les molestaban los gatos o simplemente porque los humanos somos el cáncer de este planeta. El punto es que alguien les vertió algún tipo de veneno. La dueña relata en esos carteles la agonía y terrible muerte de estos animales y los síntomas que padecieron antes de fallecer: convulsiones, coloración azul, falta de respiración, espasmos musculares, ceguera. "A ti, asesino, Dios te multiplique lo que hiciste", finalizaba uno de los carteles.


"Preservar la vida en el planeta y salvar a la especie humana", reza el quinto objetivo histórico del programa de gobierno de Hugo Chávez para el período 2013-2019. Un objetivo que no esperaba ver en un plan de gobierno, y que conmueve de parte de nuestro líder. Pero también es un objetivo muy difícil de cumplir,  tanto a lo macro, como a lo micro.

A lo macro, las grandes potencias se desvinculan de los convenios internacionales para salvar el medio ambiente por razones "desarrollistas": alegan que la economía no puede ser afectada por cosas como el Convenio de Kyoto, que pondría cargas inaceptables a sus industrias al obligarlas a disminuir las emisiones de contaminación. No importa que no exista un mundo que dejarle a sus hijos y nietos, lo que importa es el dinero que hoy ingresa a sus arcas.

A lo micro, algunos funcionarios públicos muestran constantemente su desprecio a la vida cuando deciden con facilidad asombrosa el  talar árboles o matar animales cuando es la solución más fácil ante problemas comunes. Por ejemplo: como alguien decidió matar miles de perros en Ucrania ante la llegada de la Eurocopa, por "razones estéticas". O cuando mataron decenas de perros en la UCV Maracay con autorización de Cecilia García Arocha, o cuando Zoonosis Miranda amenazó con matar a decenas de gatos que vivían en las jardineras de Parque Cristal, en el este de Caracas.

Que la derecha defensora del empresariado piense de esa manera, no es de extrañar. Pero duele más cuando algunos funcionarios que se identifican con la Revolución son quienes justifican matanzas de perros, corridas de toros, tala de árboles y destrucción de espacios verdes. A veces, también caen en el absurdo de exterminar vidas por "razones estéticas", pues  algunas escuelas de arquitectura y urbanismo enseñan a sus estudiantes que hay que recrear los Campos Eliseos en las calles de Caracas, o que hay que arrancar mangos y aguacates para sembrar especies canadienses. Increíblemente uno escucha hasta a algún ministro justificar esas cosas, diciendo que es inevitable pues las ciudades tienen que crecer.

En este momento de la revolución, es fácil y cómodo mandar artículos a Aporrea  insultando a Obama por no cumplir sus promesas ecológicas, o atacar a los ucranianos por su masacre canina. Eso está bien. Pero el trabajo difícil, el trabajo necesario pero que nadie quiere asumir, es el de pararse ante funcionarios nuestros cuando estos intentan justificar lo injustificable. No podemos enseñarle a nuestros hijos e hijas la importancia de preservar la vida en el planeta, si sólo nos limitamos a escribir en contra de lo que ocurre en Washington, mientras cerramos nuestros ojos para no ver nuestra propia acera.

No veremos nunca más al minino perseverante. Pero al menos, intentemos perseverar nosotros en las causas más necesarias: aquellas que permitan preservar la vida en este planeta y salvar no sólo a la especie humana, sino a todas aquellas que han sobrevivido a cientos de millones de años de evolución, pero que nosotros hemos colocado al borde del precipicio.
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