22 de octubre de 2004

La estatua que sí cayó

Desde marzo de 2001, cuando ocurrió la toma de la Sala de Sesiones del edificio del Rectorado de la UCV, pude ver y vivir lo que es la manipulación y el uso de los medios de comunicación para difamar y destruir a alguien.

Lo que tanto asombró a millones de personas en abril de 2002 era en realidad algo cotidiano; sólo que hubo que esperar al golpe de Estado de Carmona Estanga y luego al paro de diciembre de 2002 para que la gente se convenciera de lo antiética que es la cuestión. El prender tu televisor y ver algo completamente distinto a lo que se ve desde la ventana de tu casa era algo grave, que hace quedar a la novela "1984" de George Orwell como simple historia antigua.

Fue entonces cuando comencé a asistir a foros y charlas de expertos que explicaban cuál era la labor de los periodistas, cuales eran las distintas maneras de manipular y por qué, si bien la objetividad no existía, los periodistas informativos debían hacer lo imposible por alcanzarla. Rafaela Cusati, Luis Britto García, Roberto Malaver, Earle Herrera, Roberto Hernández Montoya, Vanessa Davies, Tulio Hernández (opositor), Blanca Eekhout, Jesús Romero Anselmi... la lista era enorme. Muchísimos expertos que enseñaban a los comunicadores todos los errores que cometieron los medios y los periodistas durante la crisis del golpe de Estado, entre otros:

  • Convertir un medio de información ecuánime e imparcial en un instrumento político.
  • Publicar como hechos informaciones no confirmadas.
  • Colocar opiniones en noticias informativas.
  • Darle un caracter tendencioso a las notas utilizando diversos recursos del lenguaje.
  • Omitir informaciones que no cuadren con la línea editorial del medio.
  • Permitir sólo la expresión de un sector de la población en los programas y artículos de opinión.
La cuestión se puso peor cuando los medios y diarios opositores comenzaron a usar términos peyorativos contra sus adversarios políticos. Hordas, turbas, negros, vándalos, delincuentes, incultos, se convirtieron en términos habituales en artículos supuestamente informativos. La "joya" de la cuestión fue un editorial del diario El Nacional, que arremetió contra los chavistas un día después de que una multitudinaria marea roja plenara la avenida Bolívar:
"...la repuesta que el Presidente y su entorno le han dado a las preocupaciones de la sociedad venezolana sobre la grave crisis del país que vivimos (...) consistió en volver a traer del interior del país al mismo lumpen de siempre, convertidos en sempiternos pasajeros de autobuses, con un bollo de pan y una carterita de ron, para que vengan a dar vivas al gran embaucador de la comarca..." (El Nacional 14 de octubre de 2002).



No vine a debatir sobre si fue correcto o no derribar la estatua de un genocida como Cristóbal Colón, quien si bien tuvo la valentía de atravesar un océano para llegar a lo que él creía que eran las Indias Occidentales, también fue responsable del exterminio de miles de pobladores de la isla La Esapañola, y fue el pionero en el maltrato, esclavitud y explotación de indígenas. Simplemente no pienso defender a ese señor, por muy ilegal que haya parecido el acto de derribar una estatua en una manifestación donde las cosas se decidieron por consenso.


Lo que sí vengo a plantear aquí es mi profunda decepción ante el hecho de que muchos de los admirados comunicadores del proceso, varios de los cuales dieron la inspiración al trabajo que continúo haciendo para algunos medios del Estado, hayan tomado la actitud que tanto criticaron a los medios privados.

Vimos a Mario Silva llamando "cuatro idiotas" y "vándalos" a quienes tumbaron la estatua; a Roberto Hernández Montoya llamarlos "malcriados" y "a punto de pasar a la ultraderecha", e incluso a convocar en forma burlona a una "marcha" para tumbar la estatua de Miranda, la cual tendría "mucho pan y carteritas de ron" para los manifestantes (Miranda fue quien acuñó el término "Colombia" en honor a Cristóbal Colón).

Y hubo muchos otros casos de comunicadores del proceso quienes no supieron manifestar su desacuerdo con los "tumbaestatuas", sino de la peor forma posible: descalificándolos utilizando los peores adjetivos que le vinieron a la mente, cual si fueran una Martha Colomina cualquiera.

Realmente duele ver que a quienes mataron a la Sra. Maritza Ron siempre se les denominó, incluso en La Hojilla, como "unos señores que estaban equivocados", mientras que a un grupo importante de más de 300 personas que acordaron tumbar un pedazo de bronce inanimado, casi se les calificó de lumpen.

Personalmente, me dolió mucho más bajar del pedestal a Roberto Hernández Montoya, para colocarlo en mi museo del periodismo junto a Leopoldo Castillo. En cambio, sí admiro mucho la posición de periodistas como Luis Guillermo García o Vanessa Davies, o al profesor Vladimiro Acosta, quienes mostraron los dos puntos de vista del debate en torno a la estatua sin caer en insultos, peyorativos o descalificaciones. ¡No tomaron partido en ninguno de los dos bandos!

Y es que el día que yo vea a Vanessita (como muchos le decimos con cariño, con el perdón de Ricardo) utilizando peyorativos contra alguien... miren: ese día agarro mis corotos, me voy a una playa en Sucre o en Falcón donde no haya luz, teléfono, computadoras, radio ni televisión, y me meto a pescador artesanal.

Igualmente, aplaudo la actitud de Aporrea, quienes en todo momento colocaron las informaciones y las opiniones de ambos lados del debate, contrario a la línea de ciertos programas de los medios del Estado, donde se le negó públicamente a Fresia Ipinza, a Roland Denis y a otros responsables de lo ocurrido ese día el derecho a expresar su opinión.

Ojalá las estatuas de intelectuales que cayeron el 12 de Octubre y los días posteriores algún día vuelvan a levantarse, tal y como el gobierno de Bernal trabaja activamente en estos momentos para levantar la estatua de Colón. Y que ojalá ellos puedan algúndía ganarse el perdón de su audiencia, tal y como el alcalde de Caracas tuvo que pedirle perdón al gobierno español... aún cuando éste gobierno aún no ha pedido perdón a los latinoamericanos por el genocidio de más de 150 millones de indígenas en la peor matanza ocurrida en los últimos 500 años de historia.
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