10 de septiembre de 2005

¿Sin City marcada como clase B? ¿Se fumaron una marihuana rancia?

(Nota para quienes vienen de afuera: En Venezuela el cine clasifica a las películas: A para todo público; B para mayores de 12 años; C para mayores de 16 años, y D para mayores de 21 años).

No me malentiendan: me gustó mucho Sin City. Soy fan del cine de Quentin Tarantino y, si bien no he visto tantas películas de Robert Rodríguez como quisiera, planeo cambiar eso dentro de poco. Me encantó Kill Bill (de hecho, la vi en un preestreno donde, de 30 personas, sólo nos gustó a 3 ó 4) y Pulp Fiction es, sin duda, un clásico.

Pero no puedo imaginarme quién carrizo fue el perfecto imbécil que decidió que una película como Sin City podía ser vista por niños de doce años. ¡¡¡De doce años!!!

[spoilers]
Lo que más impresionó no fue ver cómo un lobo se comía vivo a Kevin, uno de los villanos a quien primero le habían cortado las extremidades; ni a la tutora de Marv contarle cómo Kevin le había cortado una mano y se había comido frente a ella, relamiendo cada uno de sus huesos; ni los cientos de disparos a quemarropa con subametralladoras causando tantas y tantas muertes gratuitas; ni ver sangre de todos los colores en una película blanco y negro; ni la forma en que mataron a Rafferty (Benicio del Toro), quien terminó ciego, sordo, con la parte superior de una pistola encajada en su frente, con el cuello cortado, descuartizado y luego su cadaver estuvo hablando pistoladas, hinchado y amorateado, en el perturbado cerebro de Dwight.

No me impresionó tampoco la forma como se descuartizó a cinco cadáveres para que encajaran en la maleta de un carro; ni el hecho de que Yellow Bastard (Elijah Wood) necesitara torturar a Nancy (Jessica Alba) para que ésta gritara y él pudiera excitarse y así violarla, aún cuando ella ya tenía 19 años y era "demasiado vieja" para sus gustos.


Tampoco impresionó la forma como al fin murió el bicho amarillo ese, luego de que Hartigan (Bruce Willis) le clavara un puñal en el pecho y le arrancara los testículos con sus manos.

Nadie dijo nada luego de que Marv torturara y asesinara a cuanto maleante encontrara en la película, haciéndolos llorar y gemir por sus vidas, para luego acabar con un cura católico en su propio confesionario y luego matar al siniestro cardenal Roark, que manejaba el poder político y económico del país. Me preguntaba si la gente que estaba en el cine era la misma que protestaba tanto defendiendo a Baltasar Porras.

Ni hablar de escenas como Hartigan haciendo toda clase de gemidos en una escena donde era ahorcado que duró como dos minutos, o la escena donde se pega un tiro.

Tampoco sabía que una película con tantas escenas de desnudos y sexo podía ser clase B.
[/fin de spoilers]

¿Pero saben qué fue lo que más me impresionó de toda la película? Ver a tres niños de once o doce años saliendo de verla, lo cual me ocurrió particularmente en el Cines Unidos del Centro Sambil Caracas el pasado viernes en la noche.

No sé quien es el encargado de clasificar a las películas. Si es el Estado, me importa un bledo; hay que iniciar una campaña para sacar a esos imbéciles de allí, así sean apadrinados por el MVR y por todos los partidos de gobierno.

Si son los propios cines, pues ello demuestra que la empresa privada toma sus decisiones en base al lucro y al libre mercado, y que ellos no son aptos de hacerlo más. Demuestra además que leyes como la Resorte no pueden quedarse en la radio y la televisión, sino que tienen que apretar aún más a todos los otros medios.

¿Saben algo? Anoche iba a ver Secuestro Express, pero era clase C. Estaba con mi novia, quien odia las películas con violencia, y decidimos ver Sin City entre otras cosas porque, al estar marcada clase B, creímos que era menos violenta, que era una típica peliculita de Bruce Willis donde le matan a su perro y él en venganza mata a 5 tipos, hace explotar 18 aviones, dice una frase que intenta ser graciosa y entonces le da un beso a la camarera.

En parte es mi culpa; leeré las reseñan antes de ver una película cuando ante acompañado, y aprenderé a no confiar en el criterio de gente que evalúa las películas basándose en criterios de mercadeo.
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