8 de diciembre de 2017

Dándose una ducha en el Metro de Caracas

Entramos al vagón del Metro de Caracas alrededor de las 5:30 pm de este jueves, cansados tras un duro día de trabajo.

Tuvimos que esperar 15 minutos a que el tren llegara a la estación Capitolio, mucho más de lo normal. Pero ya es habitual que, a pocos días de unas elecciones en Venezuela, los servicios públicos empiezan a fallar: El Metro funciona mucho más lento, el agua potable falla varios días, a veces hasta hay apagones… ya uno asume que son acciones de sabotaje que algunos sindicatos realizan para aumentar el descontento contra el gobierno.

Entramos al vagón, que estaba más o menos lleno, y mi compañera me lleva arrastrado al espacio entre un vagón y el otro, para no quedar en la puerta y ser empujados por la gente. Creíamos que ese punto estaría vacío, pero nos encontramos a 4 muchachas como de veinte años sentadas en el piso, al parecer estudiantes de danza, a juzgar por su vestimenta. Estaban sentadas sobre sus bolsos para no apoyarse directamente en el piso, pues tenían faldas. Dos de ellas estaban muy bien maquilladas, tenían diademas de plástico y conversaban sobre diversos temas. Más allá, otras dos muchachas, con una cachorrita de poodle de unos dos meses, también estaban echadas en el piso, jugando con la cachorrita y haciendo que mordiera una bolsa.

Nosotros cargábamos una caja más o menos grande, como de 60 centímetros de largo y 30 de ancho, aunque no muy pesada, con un nacimiento que recién habíamos comprado cerca de la Plaza Bolívar. No teníamos nacimiento en la casa, una de las más bonitas tradiciones navideñas venezolanas, y mi compañera está muy ilusionada de montar uno que consiguió a buen precio en medio de la loquera inflacionaria.

Mientras esperábamos que el tren arrancara, las dancistas hablaban entre ellas. Una contaba que fue a sacarse el carnet de la Patria obligada por su mamá, para obtener el bono de Bs. 500 mil. Su amiga, la más opositora, la regañaba y le recriminaba que eso era terrible, que era como si las estuvieran comprando y que por eso el país estaba como estaba. Aunque luego reconoció que ella sí quería "su tablet", lo que las delataba como estudiante de alguna universidad pública. Las otras dos les seguían la corriente en la conversación.

Pasan 15 minutos y el tren continúa en la estación sin avanzar, con las puertas abiertas. Llegaba más y más gente; el tren se atestaba, muchos trabajadores empujaban para entrar a la fuerza y llegaba un momento en el que todos estábamos presionados unos contra otros. La operadora del tren, molesta por la gente que oprimía el botón de emergencia a cada rato imaginando que eso le haría arrancar, anunció a los pasajeros que hay un retraso motivado a “un arrollamiento en la estación Bellas Artes”.

Tras más de media hora de espera, finalmente arrancamos. Al principio el tren se desplazaba muy lento por los túneles. Pero cuando al fin comienza a ir más rápido, comienza a caer agua desde el techo, desde una de las rejillas del aire acondicionado. Al principio era una gotera pequeña, pero luego era como una ducha, como un chaparrón. Les dejo un video que llegué a grabar, un poco asustado pues sacar el celular en el Metro es una operación de alto riesgo.


Llegamos a la estación La Hoyada, y en las puertas del vagón se formó una trifulca entre las personas que querían salir y las decenas de personas que estaban afuera, quienes llevaban más de media hora esperando el tren e intentaban entrar a la fuerza, sin dejar salir a nadie. Los gritos de personas pidiendo que los dejaran bajar no sirvieron de nada; privó la ley del más fuerte. Era detestable ver a trabajadores, personas humildes, madres con bebés, incluso una que otra persona con un bastón, empujándose entre sí para tratar de entrar o salir.

Tras cada estación, se repetía lo mismo:

  • Sonaba el pito anunciando que las puertas iban a cerrarse.
  • Éstas se cerraban, pero siempre quedaban algunas puertas entreabiertas, entorpecidas por algunos usuarios que querían entrar a la fuerza.
  • La operadora hablaba por los parlantes, exigiendo a los pasajeros no impedir el cierre de las puertas o sino el tren no arrancaría. 
  • Pasaban dos o tres minutos más con las puertas abriéndose y cerrándose, pasajeros forcejeándolas para tratar de entrar y la operadora dando su sermón. 
  • Cuando al fin las puertas se cierran y el tren comienza a andar, nos vuelve a caer el chaparrón de agua.

Las bailarinas se tomaban el asunto con risa y bromeaban entre ellas. Yo también bromeaba con mi compañera, pues teníamos más de una semana sin agua en nuestra casa, pero al menos la gente del Metro era tan considerada que nos permitían ducharnos en sus vagones.

Llegó un momento en el que cayó tanta agua, que las dancistas se tuvieron que parar y quedarse de pie. Se reían y se burlaban de la situación. Una grabó la escena con su celular, con la esperanza de viralizar el chaparrón. Mi compañera y yo brincábamos de un lado al otro, tratando de esquivar el agua y de evitar que la caja con el nacimiento se mojara; lo último que queríamos era tener un Niño Jesús molesto con nosotros porque quedó empapado en su viaje inaugural.

En las grandes estaciones, como Plaza Venezuela o Sabana Grande, los forcejeos, empujones y gritos entre las personas cansadas, que querían entrar o salir del tren, eran cada vez peores. Es una lástima que no haya funcionarios del Metro o de la Policía Nacional intentando poner orden en los andenes.

Al llegar a nuestra estación destino, tuve que ponerme la caja con el nacimiento en la cabeza, empujar a mucha gente y salir por la fuerza, casi como un corcho de una botella de champaña, con mi compañera detrás de mí.

Alcancé a ver allí el número del tren: el 61038. Al llegar a casa, tuitée a la cuenta oficial del Metro, a la del Ministerio de Transporte (ahora conducido por el señor Carlos Osorio) y a la Misión Transporte, con la esperanza de que me lean y lo reparen. Aunque no es sólo el agua del techo lo que tiene que repararse: son muchísimos los problemas que se acumulan en el Metro y sus estaciones, que tienen que ser resueltos con urgencia.

Al menos el nacimiento llegó sano y salvo a casa.

No estoy seguro cuánto duró el viaje pero creo que fueron más de dos horas, cuando lo normal son 30 o 40 minutos. No puedo imaginar lo que sentirán quienes tienen que llegar a Petare para tomar allí otro transporte hacia sus barrios, o hacia Guarenas, Guatire u otras ciudades cercanas. Tal vez sean 4 horas de viaje a sus casas, o más.

No son sólo las limitaciones y problemas que se viven día tras día al haber menos camionetas funcionando, y que hacen aumentos ilegales sin que ninguna autoridad les ponga coto, en un momento en el que conseguir efectivo para pagarles se ha vuelto mucho más difícil. Hay gente que tiene que hacer dos horas de colas diariamente en los bancos o cajeros automáticos para conseguir el efectivo que necesitan para poder pagar su transporte público. Otros, en cambio, han preferido hacer parte de su trayecto a pie, pues su sueldo no les alcanza para pagar los aumentos ilegales en el transporte público.

Es un contraste total llegar a casa, poner VTV y encontrar un mundo tan distinto de sonrisas y felicidad, donde estos problemas no existen. Son las cosas que causan una desconexión tan fuerte entre el pueblo y la revolución, que causan que algunos nos llamen “Narnia” por lo felices que aparentamos ser.

Si no abordamos estos problemas y muchos otros problemas con prontitud, no nos quejemos después de lo que pueda pasar.

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