17 de abril de 2016

Si la Tierra fuera un perro, ¿los humanos seríamos las garrapatas?


Si imaginamos a nuestro planeta como un gran organismo viviente, como la Gaia que describen algunos biólogos y ecologistas, y si recordamos que tiene 5.000 millones de años de edad, seguramente ese ser vivo estaría muy molesto de que haya surgido una plaga en su corteza.

Quería ejemplificar esto colocando un montón de cifras y números, pero me di cuenta de que serían difíciles de asimilar.

Así que preferí usar algo muy familiar para nosotros: imaginemos que la Tierra es un perrito. Sí, nuestro mejor amigo animal. Y mantengamos las proporciones en el tiempo: la Tierra tiene 5 mil millones de años de edad y está a la mitad de su vida geológica, así que mantengamos esa misma escala de tiempo con nuestro amigo peludito.

El perrito es fuerte y saludable. Pero de pronto, al cumplir seis años de edad, aparece en su piel una plaga llamada "humanos", unos seres chiquiticos pero que presumen de ser muy inteligentes, y comienzan a vivir en él, como si fueran pulgas.

El problema es que estos humanos se comportan de una forma brutalmente destructiva, mucho peor que las pulgas y las garrapatas que conocemos. Crecen desaforadamente y consumen todo lo que encuentran a su paso. Tienen conciencia pero nunca piensan en sí mismos como civilización, sino en lo corta que es su vida como personas. Por ello, su único interés es "vivir su vida", "ser felices", "disfrutar del buen vivir", a menudo explotando a sus propios congéneres y destruyendo todo lo que consigan.

En sólo seis minutos, esta plaga humana se ha multiplicado casi mil veces en la piel del perrito (de hecho, crecimos de 8 millones de humanos a más de 7 mil millones en un período de 10 mil años, que es algo muy corto a nivel geológico). Los humanos destruimos el pelaje del perrito (bosques y selvas) para construir en la piel del animal casas, edificios y grandes estructuras, causándole sarna y comezón. Le causamos infecciones y resequedad en la piel al animal, al destruir las cabeceras de los ríos y llenar los mares de basura.

En los 4 segundos más recientes (en los últimos 100 años en nuestra escala), los humanos descubrimos que, debajo de la piel del perrito, hay sangre y otras riquezas (petróleo y gas natural), y las hemos saqueado de forma brutal, pues usamos la sangre del perrito para calentarnos, tener electricidad y desplazarnos en vehículos. Pero esto le ha causado al perrito una fiebre tremenda (calentamiento global), que le causará además numerosos efectos secundarios (derretimiento de los polos, alza de los niveles de los mares, extinción masiva de especies, etcétera).

Se estima que en los próximos 4 a 6 segundos, terminaremos de saquear toda la sangre del perrito (efectivamente, en unos 100 o 200 años los humanos gastaremos todo el petróleo y gas natural que el planeta tardó cientos de millones de años en crear).

Sí: en menos de "seis minutos" esa plaga llamada "seres humanos" ha convertido a un perrito fuerte, saludable, peludo y juguetón de seis años de edad, en un animal sarnoso, sin pelaje, lleno de infecciones, con una fiebre terrible. Le chupamos la sangre y lo dejamos en un estado casi irrecuperable. Ni un veterinario podría curar al perrito, en el estado en el que lo hemos dejado. 

Y de existir ese veterinario, lo primero que haría sería echarle algún líquido al perrito en la piel para exterminarnos a todos nosotros. Ya algunas películas, como la versión de 2008 de "El día que la Tierra se detuvo", han planteado que el daño que la Humanidad ha hecho al planeta Tierra es tan grave siendo un lugar tan único en el cosmos, que un grupo de razas extraterrestres decidió exterminarnos a los humanos para preservar al planeta, antes que dejar que nos autodestruyamos y nos llevemos a la Tierra con nosotros.

Lo peor es que el daño más grave lo hemos cometido en los más recientes 10 segundos de vida del animal (es decir, los siglos XX y XXI: el período de la Historia en el que nos jactamos de ser más civilizados, avanzados e inteligentes), y todo indica que los próximos segundos serán aún peores. ¿Qué pasará cuando terminemos con todo, incluyendo el agua potable, la biodiversidad, los bosques y las selvas? ¿En qué momento podremos considerar que hemos matado a nuestro planeta?

Nos comportamos peor que unas pulgas o unos parásitos. Somos peores que un virus, y ni nos damos cuenta de ello. Lanzamos basura en las calles, acabamos con bosques y selvas, creamos minas gigantescas, derribamos árboles para construir nuestras casas y edificios, invadimos y deforestamos porque exigimos tener "el derecho a la ciudad", justificamos la minería de alto impacto porque "necesitamos dinero para que la gente sea feliz" y "tenemos que acabar con la pobreza".

Y sí. Es cierto. Hay que acabar con la pobreza. Hay que darle la posibilidad de ser felices a quienes nunca lo han sido. El problema es que, hace 100 años, una persona era feliz con relativamente pocas cosas. Hoy, para ser felices, necesitamos muchísimo más: nos enseñaron, a través de la televisión, que para ser felices necesitamos carros, celulares, computadoras, videojuegos, aparatos para ponernos en forma, ropa nueva todos los meses y, por supuesto, un televisor más grande. Tenemos que renovar todos nuestros aparatos cada pocos meses. Requerimos empleos formales, redes de transporte, más consumo eléctrico, más agua, más gas, más Internet. Nunca es suficiente.

El capitalismo es nuestro principal enemigo: de eso no nos debe quedar ninguna duda. Pero a veces, dentro de ese "socialismo del siglo 21" que aún no terminamos de definir y conceptualizar como su sustituto, no nos ponemos de acuerdo en qué cosas son más prioritarias: si ser felices a costa de lo que sea, o si hay un punto donde debemos detenernos, reflexionar, concientizarnos a nosotros mismos y ponernos límites.

En Venezuela, hoy estamos de nuevo a merced de los empresarios y mafias acaparadoras y especuladoras de alimentos, en una nación que perdió brutalmente los ingresos que tenía por la venta de petróleo a otras naciones, y que sufre de otros males endémicos, como la corrupción, la falta de eficiencia y los ataques desde otras naciones que quieren apoderarse de nuestras riquezas. Mientras hacemos largas colas para comprar la comida, debatimos entre nosotros si está bien crear grandes cráteres para sacar oro del subsuelo, como forma de compensar los ingresos perdidos por la caída del precio del petróleo y mantener nuestro estilo de vida. Necesitamos dólares que paguen las computadoras, los celulares, "nuestra" Coca Cola, "nuestros" Doritos y la televisión por cable con la que vemos canales de televisión con fútbol europeo y series animadas. Aprender a ser felices con menos, es visto despectivamente como "una cosa de hippies".

En un país donde hay elecciones cada pocos meses, necesitamos tomar medidas desesperadas para que la gente esté contenta cuando vayan a votar. Por ende, la necesidad de crear conciencia y acabar con el consumismo, se posterga año tras año, con la izquierda dividida entre los sociólogos que aseguran que no hay nada que concientizar, los políticos que dicen que eso hay que dejárselo a las próximas generaciones, los "empresarios socialistas" que quieren organizar grandes conciertos para tener "feliz" a la gente, y los comunicadores que queremos concientizar, pero cada vez que lo intentamos nos convertimos en una mala copia de Martha Domínguez Miranda que termina aburriendo a la gente.

Al menos las pulgas y garrapatas pueden saltar de un perro a otro y continuar viviendo. Los humanos, en cambio, estamos condenados a morir en nuestro planeta. No hay otro. No hay esperanza de construir una gran arca espacial para irnos a buscar otro mundo, y aún si eso fuera posible, estamos seguros de que solamente un puñado de las personas más ricas de los países del norte podrán viajar allí. No nosotros.

¿Cómo nos recordarán las generaciones futuras, cuando le dejemos un planeta sin petróleo ni gas natural, cuando todas las minas estén cerradas porque ya hayamos sacado todo lo valioso del subsuelo, donde la temperatura del planeta se haya elevado varios grados, se hayan descongelado los polos y miles de especies se hayan extinguido?

¿Nuestros hijos, nietos y bisnietos nos recordarán como una generación de seres primitivos, brutos e ignorantes, tal y como hoy recordamos a quienes vivían en la Edad Media y se masacraban entre ellos por un Rey, o por una religión? ¿Hay forma de cambiar eso?

Deberíamos, aunque sea, dejarles una nota de disculpas por todas las atrocidades que hoy hacemos contra ellos. ¡Por favor, perdónennos!
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