16 de agosto de 2005

El festival y el consumismo

Hace muchos años, me gané unos realitos extras y quise gastármelos en un lujo: comprarme unos bluyines Levi. Para ese momento no tenía mucho criterio político, pero la crianza que me habían dado mis padres habían hecho que yo tuviera poca afinidad por la ropa de marca; aún así, tanto escuchar publicidad me hizo querer probar una vez qué era un bluyín Levi original, y ver si de verdad eran tan buenos como se decía.

Fui a la tienda de esa marca en el Centro Sambil y me compré mi Levi Strauss azul por 55 mil bolívares, un platero en esa época. Me sentía orgulloso de mis bluyines importados. Creía que me quedarían muy bien y que muchos me admirarían por mi compra, pero no fue así. Tampoco duraron tanto como yo creía: a los 3 meses, ya estaban desteñidos y dañados, y yo muy decepcionado.

Esa fue una de las veces que más me dolió haber caído en la trampa del consumismo, del gastar simplemente por gastar y no para cubrir una necesidad. Del vivir para gastar y no del gastar para vivir.

Los pantalones Levi originales se veían casi igual a una imitación que compraba a los buhoneros de Sabana Grande a 15 mil bolívares en esos días (hoy a 30 mil).

Estas "imitaciones" normalmente me duran dos o tres años y son hechos en Venezuela por una fábrica que no logra venderlos con su marca, debiendo colocarles unas etiquetas parecidas a las de Levi para ganarse así a la gente. Triste pero cierto, pues son productos venezolanos de excelentísima calidad, que deben disfrazarse de una vaina gringa para poder venderse.


Son muchas las cosas que se pueden destacar del XVI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, tanto buenas como malas. La oposición ha preferido concentrarse en dos:

  • El festival costó 18 mil millones de bolívares, que pudieron invertirse en casas, colegios, etc.
  • Esos jóvenes comunistas se la pasaron en el Centro Sambil todos esos días. ¿Qué clase de socialismo es ese? No tienen principios, se perdieron esos reales, blablabla.
Sobre el primer argumento escribiré algo después. Hoy, prefiero atacar el más banal de todos los ataques de la oposición contra el festival: "los socialistas no pueden visitar el Sambil porque eso es de capitalistas".

Anti-consumista

El nuevo socialismo que se está forjando en este siglo no está en contra de la empresa privada. Su objetivo, más bien, es el de cambiarla y orientarla hacia lo social. Es lo que intenta hacer el gobierno bolivariano cuando fomenta la cogestión, modelo en el que una parte de la propiedad accionaria de la empresa pertenece a los trabajadores, quienes tienen peso en la toma de decisiones de la compañía junto al patrono.

La empresa del país socialista también debería evitar fomentar el consumismo. El comprar por comprar, privándose las necesidades fundamentales de sí mismo o de su familia por andar con ropa ostentosa o de marca, es algo en lo que la mayoría hemos caído alguna vez.

El consumista no es necesariamente aquel que visita y compra todo en el Sambil, ni es alguien de determinada clase social.

  • El joven del barrio que trabaja día y noche, privándose incluso de comer o de darle sustento a su familia para comprarse unos zapatos Nike que, según, le darán más estatus social, es consumista aún si compra sus zapatos Nike a los buhoneros de La Hoyada o en el mercado de El Cementerio.

  • La muchacha del interior que viene a vivir en Caracas para "salir de abajo", consigue trabajo en Arturo's, vive en una habitación compartida con dos muchachas más y come dos veces al día, todo para comprarse el último celular Motorola con camarita, Internet y Bluetooth porque asegura que eso le dará estatus social entre sus amistades, es consumista independientemente de si se compra sus celulares en el Sambil o no.
El consumismo es impelido por una maquinaria publicitaria que no tiene contemplaciones éticas ni morales y no diferencia entre clases sociales.

Por ello, no se puede decir que todo aquel que visite el Sambil sea un triste consumista... mucho menos en vista de que en ese centro comercial, según estadísticas que me entregó un profesor ucevista afecto a la oposición, el 90 por ciento de sus visitantes no van a comprar bienes, sino a pasear y a comerse algún refrigerio. O, como decía la nada chavista Luz Mely Reyes en un artículo de Últimas Noticias de este domingo: el Sambil es un centro comercial donde el caraqueño escapa al problema de los buhoneros y la inseguridad de la capital, problemas que Freddy Bernal y Juan Barreto aún no han podido resolver.

Yo personalmente visito con alguna frecuencia el Sambil, y, además de comerme algún helado o tomarme un café, acostumbro visitar una librería que me gusta bastante, en la cual raras veces compro algo debido a sus altos precios. ¿Soy entonces consumista o violo mis principios? Lo dudo.

Superficialidad

Respecto a la pequeña minoría de jóvenes que vinieron al Festival y visitaron al Sambil (porque de los 17 mil jóvenes que vinieron, difícilmente más de 700 habrán visitado ese centro comercial), ¿acaso cometieron un crimen? Si el crimen es violar sus propios principios, pues yo sólo vi 20 ó 30 jóvenes en el Sambil, y sólo 4 ó 5 cargaban bolsas con mercancía de ese centro comercial. ¿Juzgaremos todo un festival con decenas de miles de visitantes por la actitud de cinco personas?

No puedo defender a cada uno de ellos diciendo si son consumistas o no, además de que muchos de los movimientos progresistas estudiantiles que visitaron Venezuela no eran socialistas. Tampoco voy a caer en defender al centro comercial de los Cohen, claramente construido con el objetivo de convertir a sus visitantes en zombies consumistas; sin embargo, la realidad es que cada persona tiene el suficiente criterio como para decidir si cae en la trampa y se convierte en otro miembro de la "Sociedad Sambil", o si más bien se resiste a ella y utiliza al centro comercial a su favor.

La realidad es que el querer estigmatizar todo un festival estudiantil por un motivo tan trivial me parece, además de banal y superficial, una clara evidencia de que el grupo de personas que desean dañar y desprestigiar todo aquello que huela a chavismo no encontró nada más importante qué criticarle al festival, lo cual me tranquiliza muchísimo.
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